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Elecciones 2020: Transparencia o Pucherazo

Un mito creado por la historiografía británica atribuye al Imperio Español un genocidio de la población autóctona del continente americano. El mito, creado apalancando maliciosamente y sin precisión, sobre las muy prontas protestas que españoles de buena fe elevaron hace 500 años, tiene parte de verdad, pero se compadece mal con los hechos históricos. La descripción de genocidio se aplica con mucha mayor precisión a la parte norte del Continente Americano, los actuales EE.UU. y Canadá, donde efectivamente se ha producido un exterminio prácticamente total de la población indígena. En este exterminio la Corona de las Españas ha tenido un papel secundario, cuya huella puede encontrarse en los territorios del sur de los actuales EE.UU. de Norteamérica. La colonización británica (y francesa y alemana) ha sido mucho más “eficaz” en la liquidación de los habitantes autóctonos en ese hemisferio norte.

Los últimos movimientos que canalizan la ira, seguramente justificada, tumbando estatuas que supuestamente hacen honor a algunos de los que participaron en la “conquista” de las Américas, las anacrónicas exigencias de que se pida «perdón” y otras iniciativas similares, hacen difícil establecer la “verdad” histórica. Bolivia prueba las dos partes de la verdad: una parte importante de la población indígena precolombina no fue exterminada, dado que sus “descendientes” han llegado hasta el siglo XXI; otra parte importante, cuyas cifras exactas se desconocen, fue efectivamente exterminada. Las fuentes de información sobre la composición étnica de la población de Bolivia en el Siglo XXI son notoriamente imprecisas. No es posible saber con seguridad cuantos, de los aproximadamente 11.600.000 habitantes que según el Instituto Nacional de Estadística del Estado Plurinacional de Bolivia pueblan el país, son atribuibles a cada etnia. La Constitución de 2009 reconoce la existencia de 36 etnias, pero los datos de cuantos pertenecen a cada una varían en función de como se formule la pregunta y cuales sean las alternativas de respuesta. En algunos estudios se concluye que la población amerindia precolombina es mayoría y otros que la mayoría es la población mestiza. La atribución por lengua materna, según la Encuesta de Hogare que elabora el citado Instituto Nacional de Estadística, es del 75% al castellano y el 24% a lenguas autóctonas, para el conjunto del territorio, pero con diferencias notorias según habitat urbano (respectivamente 88% y 11%) y rural (respectivamente 52% y 44%). Si atendemos a alguno de los estudios de marcadores genéticos, como sucede en cualquier otro lugar del mundo, los individuos de “razas puras” son escasos, salvo en algunas zonas (donde la “pureza” puede llegar al 99%); según la etnia, predominan genes de uno u otro origen, pero en promedio tal vez no sea descabellado concluir que aproximadamente el 75% serían de origen amerindio y el 25% Europeo de origen europeo. Cada individuo, que a día de hoy no cuenta con un estudio genético personalizado, tiene dos referencias explícitas para identificarse con una u otra etnia: lo que le dice el espejo y lo que le indica la “cultura” de los próximos. Ninguna de las dos fuentes es muy precisa, sobre todo, si además está atravesada por diferencias por tipo de habitat y por riqueza, como es el caso en Bolivia, donde hay una alta correlación entre pobreza y pertenencia a etnia precolombina. Solo en esta clave es posible entender frecuentes declaraciones racistas emitidas por algunos y algunas políticos bolivianos, cuyos rasgos delatan este mestizaje, aunque se distraigan bajo enunciados religiosos, especialmente animados por ciertas versiones evangelistas y pentecostales (bien encarnadas en la Liberty University, que irradia luz desde Virginia para ambos hemisferios).

La dificultad de la atribución de etnia la ilustra la “misteriosa desaparición” de amerindios entre el Censo del 2001, dónde el 62% se auto-identificaban como tales y el de 2012, donde «solamente» se autoidentifican como amerindios el 41%. Aunque es imposible saber cuantos nacidos en Bolivia residen fuera del país (quizás unos 2.000.000) y esto haya podido contribuir en algo a esa misteriosa desaparición, solamente los diferentes modos de formular la pregunta pueden explicar estos 20 puntos de variación , curiosamente coincidente con la elección de un presidente amerindio en 2006.

El Latin American Public Opinion Project de la Universidad Vandervilt, en cuyo marco se realiza el «The Americas Barometer» (1682 entrevistas realizadas en la versión 2018-2019), permite ver como se mueve la “foto” según como está redactada la pregunta. Ante la formulación «¿Usted se considera una persona blanca, mestiza, indígena, negra, mulata, u otra?» 68% se autodefinen como Mestizos.

Blanca9,4%
Mestiza67,8%
Indígena – originaria13,4%
Negro (Afro-boliviano)2,4%
Mulata1,8%
Otra5,2%

Pero ante la formulación «Como boliviana o boliviano ¿se considera perteneciente a alguno de los pueblos indígenas u originarios de Bolivia?», el 59% se considera indígena, con las etnias Quechua y Aymara como las más numerosas.

Si58,8%
No41,2%
¿A cuál?
Quechua39.3%
Aymara29,4%
Guaraní4,6%
Chiquitano4,4%
Mojeño1,8%
Afroboliviano0,4%
Otro12,0%
No especifica, indígena nomás8,0%

Todo parece indicar, por tanto, que la identificación con mestizo y con indígena son mayoritarios, con una parte de superposición entre ambas identidades.

En un post posterior volveremos sobre este Barómetro de las Américas, porque proporciona, en la línea del QoG, una foto de como evoluciona la corrupción “cotidiana” en varios de los países de las Américas (en la edición de 2018-19 han estudiado 20).

Pero antes de eso, vamos a analizar otro problema, porque la corrupción con frecuencia adopta la forma de “extraña” colusión de intereses entre élites del país y organizaciones internacionales, lo que resulta especialmente “molesto”, porque estas, supuestamente, están para velar para que la corrupción no tenga lugar. Esa es la teoría.

Si no hay cambios de última hora, en este mes de Octubre de 2020 tendrán lugar nuevas elecciones presidenciales en Bolivia, como consecuencia de la ausencia de reconocimiento por parte de la OEA (Organización de Estados Americanos) de los resultados de las que tuvieron lugar en Octubre de 2019. Esta Organization of American States (OAS) entre otras misiones, se dedica a la Observación Electoral y declaró, sin poder sustentarlos con datos procedentes de observaciones a pie de urna del proceso electoral -apenas unas confusas afirmaciones sobre “servidores ocultos” y algunas Actas con errores- ni con análisis estadísticos sustantivos, que había habido fraude. Análisis muy solventes realizados a petición del New York Times han llegado a la conclusión de que los resultados, desde el punto de vista estadístico, no prueban la existencia de fraude (estos análisis corroboran otro realizados por el Center for Economic and Policy Research, corroborados por analistas del MIT Election Data and Science Lab. Dicho de un modo sencillo: los analistas de la OEA en 2019 no sabían estadística. (No se si en el año que ha pasado, habrán realizado el curso correcto en Cursera, de modo que en futuro no usen un “estimator not designed for regression discontinuity analysis”). A la vista de lo que parece falta de “imparcialidad y objetividad” de la OEA, resulta bastante incomprensible que la “nueva” misión de observación enviada de nuevo a Bolivia por la OEA en 2020 esté dirigida por la misma persona. La sospecha de colusión no puede ser obviada. Dada esta ausencia de credibilidad de la OEA, habrá que confiar que las otras misiones de observación entre las que se encuentra una procedente de la Unión Europea, arrojen alguna luz. La Misión de Observación de la UE tiene un despliegue tan limitado en efectivos, que es muy improbable que puedan determinar, fuera de toda duda, si en esta convocatoria de 2020 ha habido fraude. Estuvieron presentes en las Elecciones de 2019 y su contribución a evitar la ola de violencia que siguió a las elecciones fue escasa (las imprecisas y vagas atribuciones de fraude que figuran en su informe no parecen suficientes para invalidar un resultado electoral). Se limitaron a hacerse eco de los argumentos de la OEA, especialmente del supuesto cambio de tendencia -hallazgo V de la Auditoria de la OEA – después de la interrupción del recuento, cuyo fundamento estadístico es, como muestran los estudios que hemos referenciado más arriba, es escaso o ninguno. Aunque los informes intermedios que la Misión envió a las Autoridades Comunitarias no se han hecho públicos, dadas las declaraciones que estas emitieron, probablemente esos informes se hicieron desde el primer momento eco de lo sostenido por la OEA. Ciertamente resulta extraña una misión de observación electoral que en lugar de usar sus propios recursos, se apoya en lo que dicen otros. En este tema como en otros, la Unión Europea, no tiene una voz propia. En 2020 tienen la oportunidad de rectificar. La tentación de los que se “apuntaron” a la tesis del fraude en las elecciones de 2019, que se hicieron con el poder, de organizar un «pucherazo» en las elecciones del 2020 -habida cuenta de la aparente poca solvencia de las Misiones de Observación del 2019- es, probablemente, irresistible. No hay que olvidar que el lithium, fundamental para la nueva ola de electrificación ecologista del mundo, abunda en Bolivia (y en Chile). Y habida cuenta de China, con determinación, sin prisa pero sin pausa, ha ido controlando territorios de África que son también ricos en este precioso material, la recuperación del «teorema del patio trasero» es tentador. La corrupción es una hidra con muchas cabezas, pero un solo tronco: el parné.

Nota

La empresa responsable del proceso informático en las elecciones de 2019 fue Neotec Ltda., matrícula de comercio 00008053 y el Número de Identificación Tributaria (NIT) 01016625027. Su domicilio está registrado en Calle L-1 N° 754 de Alto Obrajes Sector A, de la ciudad de La Paz .En su informe de las elecciones se muestra la irrelevancia de ciertos aspectos considerados irregulares por parte de la OEA y la UE (por ejemplo el uso de fotos).